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martes, 28 de julio de 2020

Es tu amigo fiel, y no, no hablo del perro...

El día de hoy de repente me planteé una duda existencial y trascendental: ¿El ser humano es fiel por naturaleza? La primera reacción sería decir que no, que somos un animal más, que la fidelidad es una construcción social y bla, bla, bla, bla... Inesperadamente, y para el tema que nos compete, yo diría que sí. En realidad hoy vengo a hablarles de la fidelidad desde un punto de vista un tanto inesperado, y digo inesperado porque lo que me llevó a pensar en ello fue un elemento muy particular y nada relacionado a lo que puedan estar pensando. Sin embargo, esta fidelidad de la que hablo aquí es tan real como la vida misma, porque si en algo el venezolano da una muestra de fidelidad (y aquí reduzco el universo estudiado al gentilicio que nos atañe), es nuestra fidelidad a un elemento clásico y que muchos dan por sentado, pero que cuando no lo tienes a mano (como es mi caso), descubres lo especial que puede llegar a ser. Por eso, y por todo lo demás que describiré brevemente a continuación, hoy he decidido hablarles de un elemento muy singular de nuestra querida ciudad capital: El kiosco.

Sí, lo sé, claro que Caracas está lejos de ser la única ciudad con quioscos o la inventora del kiosco propiamente dicho, además, en toda Venezuela hay kioscos. De hecho, la palabra kiosco viene del vocablo francés kiosque, que a su vez viene del turco kioshk (cuyo significado es mirador), pero no puedo hablar de la fidelidad o la importancia del kiosco para los franceses porque desconozco qué tan fieles sean (más bien tienen fama de no serlo), pero ese es otro tema. Y como ya me estoy yendo por la tangente (no raro en mí), vuelvo al tema en cuestión, hoy les hablaré del kiosco.

Empecemos por el principio: 

Y ¿qué es un kiosco? Si nos vamos con la definición de la RAE en su segunda acepción, un kiosco es una "Construcción pequeña que se instala en la calle u otro lugar público para vender en ella periódicos, flores, etc.", pues sí, esa es la definición BÁSICA de un kiosco, pero en Caracas, un kiosco va mucho más allá de eso. 

PARÉNTESIS Y LA PREGUNTA DEL DÍA: 

Ajá, ¿es quiosco, kiosco, kiosko o quiosko? O, hablando coloquialmente, ¿cómo se escribe esa guarandinga? Resulta que aceptadas están dos grafías, así que ni se preocupen que no lo han estado escribiendo mal toda la vida: es quiosco o kiosco (a menos que lo escribas con "K" en el "KO" ahí si te rasparon).

Mi lugar favorito...

Sé que son miles los kioscos que tiene Caracas, pero solo puedo hablar de los que me son más cercanos. Y es que, volviendo al tema que nos trajo hasta aquí, uno es totalmente fiel a su kiosco. Eso de pararse a comprarle un chocolate a otro kiosquero es como montarle cachos al novio, no, no no, no... ¡Imperdonable! 

Además, los kioscos en Venezuela (al menos antes de que nos alcanzara el infortunio), no son (quiero y necesito pensar que siguen siéndolo) unos simples espacios de ventas de periódicos y revistas. ¡No, no, no! En un kiosco de Caracas usted consigue lo que necesite y lo que no también: ¿Pasta de dientes? Te lo tengo. ¿Afeitadora? Te lo tengo. ¿El New York Times? Te lo tengo. ¿Revista alemana de música ROCK en alemán? Te lo tengo. ¿Calculadora científica para el examen que tengo en media hora? Te lo tengo. ¿Una Coca-Cola bien fría? ¿Por quién me tomas? Diría José. Ya hablaré de José más adelante. 

Por todo esto y más, aquí les voy con algunas imágenes, detalles y curiosidades de algunos kioscos emblemáticos del sureste de la ciudad de los que fui asidua durante diversas etapas de mi vida. 

Kioscos de Manzanares:




Este es un dos por uno. De niña, mi mamá me daba 20Bs de los antiguos, nada de fuerte o soberano... (sí, ya recojo la cédula), y yo me gastaba hasta el último centavo en chucherías en esta dupleta (en realidad en el que está a la izquierda más que en el otro porque estaba mejor surtido.) Ahí conocí todas las chucherías que en mi infancia no había podido conocer: Me atiborré de Bip bip hasta que mi lengua no podía ponerse más morada, papas fritas Ruffles, cajitas de Nerds, chocolates Galak y un larguísimo etc. Hasta vendían pan cuadrado (y aquí lanzo de nuevo muy orgullosa mi cédula al piso) Puropan y Holsum. No olvidemos los álbumes de barajitas de cualquier mundial, serie animada o película, o grupo juvenil del momento. 

Kiosco Manza-este:

Este kiosco en realidad está antes de entrar a Manzanares, y existía antes de que crearan el inmenso centro comercial que ahora está a unos 50 metros. Este era parada obligada si ya habías salido y te acordaste tarde que olvidaste comprar algo. Este era algo así como el resuelve. 



El kiosco de Colinas de Bello Monte...

Este kiosco tiene su nombre, Genesis-Nitopi, siempre considerado como una salvación porque está un poco en medio de la nada y tiene (o tenía) de todo. Para mí, era el kiosco de emergencias de regreso cuando usaba esa ruta verde (entre muchas otras, porque siempre evitaba la autopista como la plaga). Para mí, es un oasis para los habitantes de Colinas. 



El de Cumbres...

Y llegamos al rey del pescao frito, mi kiosco, el mío (y de al menos un millón de personas más, pero no importa), el que sabe qué revista leo, cuántos litros de Coca-Cola consumo a la semana, cuál es mi chocolate favorito, qué caramelo prefiero, el que me conoció la revista de adolescente, el que hasta me vio una mañana en la portada del peródico y le avisó a mi papá, y un interminable etcétera, mí kiosco, el de otro millón de personas y el kiosco de José... Ahí me cansé de comprar barajitas para los mundiales. A mí nunca me daban para la caja, pero sí para 5 o 6 sobres al menos 2 veces por semana después de los respectivos ruegos a mi mamá. (Algo es algo). 



Los curumeños, y todos los que usan Cumbres de Curumo como vía de paso, aman (y amar se queda corto) el kiosco de José. Es que el kiosco de José tiene todo lo que un kiosco podría tener y mucho, mucho más. Y si algo te parece exagerado, no solo te lo tiene, sino que va más allá. No es extraño ver al menos 8 carros estacionados frente al kiosco durante todo el día. Es el kiosco de toda la vida de muchísima gente y de gran parte de mi familia también. 

 ¡Gracias, José!

Mi amigo el kiosquero:

Alguna vez leí en un libro sobre inmigrantes argentinos y sus experiencias al llegar a Venezuela, que en Argentina es muy frecuente ir al psicólogo, pero que en Venezuela la gente no acudía a un psicólogo porque sentían que si lo hacían los iban a catalogar de locos. La típica frase: "¿Para qué voy a ir al psicólogo? Ni que estuviera loc(a)" aplica aquí. Al argentino del libro esto le impactó, pero yo le diría que una de las razones por las que probablemente no vamos al psicológo es que todos tenemos a nuestro kiosquero de confianza. Piénsenlo, un confidente, un amigo al que acudimos a diario, que siempre está a la mano, es gratis (para las confidencias, claro está) y siempre está disponible en horario comercial. ¿Qué más podríamos pedir? 

Y para concluír, y porque el kiosco alberga en nuestro corazón un lugar muy especial, aquí les dejo una canción que me encanta del grupo venezolano Los Mentas que se llama (¿cómo no?) "El kiosco". 



En conclusión, uno es 100% fiel a su kiosco. ¿No les parece?

sábado, 4 de julio de 2020

Las montañas de mi vida...

Hace un tiempo descubrí que defino a una ciudad en función a sus montañas (o falta de ellas), o, en otras palabras, que me gusta vivir en una ciudad con montaña(s). Las ciudades planas me desorientan, y no me siento en casa sin la presencia de una montaña cuya vegetación brinde cobijo a la ciudad. Es por esto que les presento a continuación un post al que he denominado "las montañas de mi vida":


Vitosha:


El Vitosha es una montaña de unos 2295 metros de altitud a cuyos pies se encuentra la hermosa ciudad de Sofía. Sofía es la capital más antigua de Europa, (habitada ininterrumpidamente desde el 7000 a. C.) y cuenta en la actualidad con aproximadamente 1.250.000 habitantes. 



El Vitosha fue la montaña en la que hice mi primera excursión y la montaña en la que aprendí a esquiar y me gané mi primer banderín en esa disciplina, pero lo más especial sobre el Vitosha para mí es que lo veía cada mañana al despertar, pues la vista de mi cuarto y balcón daba hacia esa imponente montaña. Ver sus picos nevados en invierno es un deleite para los ojos. Una sola mirada al Vitosha te cautiva y hará que no lo olvides jamás.




Sierra de Madrid:


La Sierra de Guadarrama (también conocida como la Sierra de Madrid), es una formación rocosa cuyo pico más alto está a 2428 metros. Aunque la sierra está bastante cerca de la ciudad, se necesita viajar aproximadamante una hora y cuarto para llegar hasta ella, así que no puede decirse que las montañas formen parte de la ciudad, por el contrario, Madrid es una ciudad completamente plana, desde donde se ve, a lo lejos, las hermosas montañas de la Sierra de Guadarrama. Algo que me impresionó al vivir en las afueras de esta ciudad, fue la capa de smog claramente visible al acercarse por la autopista hacia la ciudad propiamente dicha. Algo asombroso (pero no en un lado positivo). Una clara muestra de la contaminación. Es una ciudad a la que también le hace falta verde. Pocos árboles en una ciudad árida y extremadamente seca. Le hace falta un cariño natural a esa ciudad.



Sierra de Collserola (Tibidabo): 


Barcelona cuenta con la Sierra de Collserola, una cadena montañosa que rodea la acogedora ciudad de Barcelona. Para mí, Barcelona es una ciudad maravillosa para vivir. Disfruté muchísimo mis años en esa urbe que no es una megametrópolis, pero tiene todo para denominarse una gran ciudad. El recorrer la parte más elevada (los 512 metros del pico Tibidabo) de sus pies a la playa en 45 minutos a pie, es energizante y reconfortante. Aunque es una montaña bastante pequeña, el Tibidabo (y el castillo de su parque de atracciones en la cima), le dan un toque mágico a una ciudad ya de por sí encantadora. Volvería a vivir en Barcelona sin pensármelo mucho. Libros como "La Sombra del Viento" del recientemente desaparecido físicamente Carlos Ruíz Zafón,  o "La Catedral del Mar" de Ildefonso Falcones, son un gusto de leer una vez has vivido en esta ciudad. Barcelona, para quienes hemos vivido en ella, es de esos lugares que se quedan contigo siempre. 




Cerro el Morro:


Puerto la Cruz para un venezolano representa playa, arena y mar Caribe, pero a pesar de ser una zona costera que te hace pensar en cocada y agua salada, es una ciudad rodeada de cerros, siendo el más cautivante el cerro El Morro. Aunque subirlo es un paseo de 30 minutos, es un pulmón anímico para la ciudad. Cientos de habitantes suben los fines de semana para hacer ejercicio y gozar de la hermosa vista. Las construcciones en lo alto a veces causan impresión por lo audaces y estrafalarias, como la casa pirámide, pero pasan a formar parte de las particularidades de esa ciudad suave y soleada que es Lechería. Puerto la Cruz/Lechería no es para toda la vida, pero sí un buen año sabático para cualquiera. 




Y no podía faltar la imagen de la casa Pirámide:



El puente sobre el lago:


Maracaibo no es sólo una de las ciudades más calientes de Venezuela, (o más fría como dicen los zulianos debido a los aires acondicionados a 16 °C), sino que además parece, como Madrid, una ciudad infinita por lo plano. La enorme diferencia entre Maracaibo y Madrid en ese aspecto es que Maracaibo se desarrolló junto al lago más grande de América del Sur, el famoso lago de Maracaibo. El lago es tan grande que parece un mar, tranquilo y sereno, a cuyas faldas se desarrollo una urbe de concreto a la que, también como a Madrid, le hace falta mucho verde. Es que para mí, el verde es también esencial para sentirme a gusto en una ciudad. Sin árboles no hay vida. 




Mención especial merece el famoso puente sobre el lago (General Rafael Urdaneta), una estructura de hormigón armado con una longitud de 8678 metros. Sus reflectores le dan un encanto a la noche marabina y recorrerlo es una experiencia gratificante. 





Mont Royal:


El Mont Royal, con una elevación de 233 metros, es una pequeña montaña ubicada al oeste del centro de la Isla de Montréal. Es para mí un pequeño cerro que, al verlo desde la autopista elevada que cruza la ciudad, me brinda calidez, ya sea verano o invierno. Es también un hermoso fondo para los rascacielos de la ciudad. El Mont Royal es el lugar ideal para hacer una pequeña excursión una tarde de otoño, o un picnic con amigos durante el verano. 



Al igual que Barcelona, Montreal es para mí una ciudad sumamente agradable para vivir. Ese mismo sentimiento de que posee todo lo necesario para ser una gran ciudad sin ser una megametrópolis, y el que tenga en este caso el enorme río San Lorenzo a su lado, hace que la ciudad sea agradable para recorrer a pie, especialmente en verano, pero incluso durante el frío invierno. 



El Ávila:


Y llegamos a mi ciudad, la sultana de El Ávila, y mi amado cerro. El Ávila es el pulmón vegetal de mi querida Caracas, una cadena montañosa que forma parte de la cordillera de la costa. El Ávila es también una montaña majestuosa, que con sus 2765 metros de altitud impresiona a cualquiera. La primera vez que subí al Ávila (que pueda recordarlo) fue en el antiguo teleférico (de grandes cabinas rojas) y tendría unos 5 años. Recuerdo este paseo vivamente por ser también la primera vez que patiné sobre hielo en su pista ubicada en el parque que se encuentra en la cima. 



Las vistas desde el teleférico, y especialmente desde el Hotel Humboldt en su tope, son envidiables.



La primera vez que subí al Ávila a pie tenía 13 años y fui al sector Los Venados y luego a La Zamurera. Desde ese día, fueron muchas las excursiones (ya sea como actividad física o recreativa) que hice a nuestra amada montaña. Las vistas de la ciudad que los diferentes picos nos ofrecen son impresionantes. Años después de esa primera excursión, tendría el gusto de formar parte de una agrupación voluntaria de socorrismo cuya misión principal es la protección de este parque nacional, combatiendo los incendios forestales que en nuestra montaña se dieran para evitar su propagación. Un honor para cualquier caraqueño el poder cuidar de su montaña. 


La realidad es que, para todo habitante de Caracas, que el Ávila sea lo primero que vemos al despertar y lo último antes de irnos a dormir es un enorme privilegio que nadie da por sentado. 



Durante todos los años de mi vida que he vivido en Caracas, he disfrutado inigualablemente el vivir a los pies de tan hermoso y majestuoso paisaje natural. Una tarde de cielo azul y los incontables colores de la montaña son todo un espectáculo, siempre distinto, irrepetible y nunca decepcionante. 



Y aunque el resto de los venezolanos (no caraqueños) suele burlarse de la presencia de un cuadro de El Ávila en toda casa de un caraqueño fuera de Venezuela, es que sí, es un hecho, nada como El Ávila. 


Y el extra treat... 


El monte Fuji:


El monte Fuji es un extra treat porque Kioto u Osaka no son ciudades donde haya vivido exactamente (he pasado largos periodos de más de mes y medio en la región en varias ocasiones, pero no he vivido ahí aún), pero sí es una montaña/volcán que siempre tuve curiosidad por conocer y que, cuando la vi por primera vez, me dejó sin habla. Es tan majestuosa como te lo hace pensar todo lo que se dice de ella. Cuando viajas en Shinkansen (tren bala) y lo ves por los ventanales del tren, sientes que es el paisaje perfecto para ese país tan culturalmente rico y que encierra para los occidentales algo de misterio. La mezcla de modernidad y respeto a lo histórico y local, es uno de los mayores patrimonios de la cultura nipona, y Fuji-san, con sus 3776 metros de altitud y su pico nevado, es un clásico ejemplo de ello. 



Y hasta aquí llega este breve vistazo a las montañas de mi vida (hasta ahora), no tengo duda de que me quedan muchas más por disfrutar. ¿Es para ti importante vivir en una ciudad con montañas? Si lo deseas, cuéntamelo en los comentarios. 


¡Hasta la próxima!


sábado, 30 de marzo de 2019

Mi casa a la que siempre puedo volver...

A veces amigos o conocidos me preguntan si sufro extrañando a Venezuela y particularmente a Caracas porque siempre publico fotos de ella o hablo de su belleza y magnanimidad con frecuencia, y la realidad es que tengo una relación muy particular y especial con Caracas porque es la ciudad de donde soy aunque no nací ni crecí en ella (pero sí con ella). Verán, para mí Venezuela siempre ha sido la casa a la que siempre puedo volver. Crecí así, con ese sentimiento, porque pasaban los años y no estaba ahí, iba y venía, unos años aquí y otros allá, pero Venezuela siempre era eso, "mi casa a la que siempre puedo volver", donde me esperaban los plátanos fritos, Choroní, mi amada Cumbres, el friito de enero, mi cerro, el verde, los inigualables cielos azules de diciembre, mi Henry Pittier y mi mar Caribe en todo su esplendor. Cuando te bajas del avión en Maiquetía y huele a mar, sabes que estás en casa. Pues eso, para bien o para mal, yo no sufro al no estar en Venezuela (o más específicamente en Caracas), porque así siempre ha sido mi relación con ella. Un querer y un amor en la distancia, como una pareja que vive en ciudades distintas. Hace unos meses, no recuerdo ya cuantos (no muchos), por alguna razón leyendo una noticia sobre Venezuela, se me salieron las lágrimas y me sentí sumamente triste, y me pregunté el por qué de ese sentimiento tan repentino. Y la única respuesta que pude darme fue que, ese día, por primera vez en toda mi vida, no sentí a Venezuela como mi casa a la que siempre puedo volver, y ese sentimiento me llenó de una infinita tristeza. Afortunadamente, fue un sentir pasajero, porque todo está en movimiento y cambio constante, y sea antes o después, tu casa, que es también la mía, volverá a ser aquella a la que todos podemos volver. Mi Venezuela, mi Caracas, mi Cumbres y mi Choroní, las quiero como siempre, bonito, con emoción y con orgullo. Las admiro desde mi humilde rincón ante su magnanimidad y su belleza, la belleza propia de lo que se construye con amor. Eres y siempre serás apreciada por tus hijos de buena voluntad, estén estos donde estén, y aún con las heridas de guerrera que orgullosamente llevas. Espérame, casa a la que siempre puedo volver, como lo has hecho desde que tengo recuerdos. Para la próxima, te prometo recibirte con una gran sonrisa. 💛💙❤️

viernes, 1 de diciembre de 2017

Te quiero


Mi tierra querida
La tierra de mis padres y mis abuelos

Te quiero como a cada nota de esas melodías creadas en tu honor
Te quiero como el olor de las hallacas recién abiertas
Te quiero como la belleza de la orquídea que florece en esa selva que puede ser un jardín
Te quiero en el olor del café recién colado
Te quiero en el olor a lluvia
Te quiero en el cielo azul de diciembre
Te quiero en el abrazo de ese amigo que te ve todos los días pero te abraza como si no hubiera mañana
Te quiero en el "yo te llevo" de esa persona que apenas acabas de conocer hoy
Te quiero en la sonrisa del desconocido
Te quiero y te querré siempre

martes, 3 de mayo de 2011

Cachito, Cachito, Cachito mío, pedazo de cielo que Dios me dio...

El cachito, ese panecillo relleno de jamón recién sacado del horno es el desayuno, tentempié, o bala fría (en algunos casos) predilecta de la mayoría de venezolanos. ¿Pero cómo llegó el bien apreciado y siempre codiciado cachito al mostrador de la panadería caraqueña (o de cualquier otra urbe venezolana) y por consiguiente a nuestros corazones?

He aquí lo que dicen las cotorras venezolanas y de ultramar:

El origen del cachito data de principios del siglo XX, y fue, hasta cierta medida, fruto de la inventiva que caracteriza a los oriundos de estas tierras, pero, irónicamente, de la mano de un lusitano. (No es que estos no sean más venezolanos que la hallaca, la arepa, o en este caso, el cachito), la cuestión, según dicen las malas lenguas, fue así:

Un panadero instalado por el centro de Caracas, preparaba los panes de jamón propios de las festividades decembrinas. Al terminar la gloriosa hazaña, y notar la gran cantidad de restos de jamón que generaba, decidió hacer uso de este sobrante usándolo de relleno a una masa, hornéandolo y poniéndolo a la venta en su estabecimiento. Los panecillos recién sacados del horno se fueron convirtiendo poco a poco en el pan nuestro de cada día; literalmente.

Algunos le atribuyen la proeza al panadero italiano Pietroluchi Pancaldi en la panadería "La Lusiteña" cuando corrían los años 1940, pero al no poder confirmar la veracidad de los datos no me arriesgo en afirmar nada (no vaya a ser que me quiten la concesión).

En todo caso, aquí les lanzo una pequeña y muy resumida lista de panaderías caraqueñas en las que hoy se pueden degustar estos exquisitos manjares: (Y valga la cuña)

Pastelería Danubio:

Panadería/Pastelería que cuenta con mas de 4 décadas de experiencia en el difícil arte de endulzar el paladar de los venezolanos. Fue fundada por un pastelero húngaro llamado Pablo Kerese, detrás de Mata de Coco en Chacao. En la actualidad sigue en propiedad de la misma familia y en el mismo lugar, además de contar con sucursales en Santa Rosa, Santa Mónica, Sambil, Multicentro, La Trinidad y Macaracuay.

Panadería Aída:

Famosísima panadería quincuagésima de Los Palos Grandes. Llegué a conocer de su existencia a través de una buena amiga que no dudaba en viajar desde la Urb. Miranda hasta Los Palos Grandes (con tráfico y todo incluído) para degustar las caracolas más famosas de Caracas. Y es que es la misma panadería a la que asiste su abuela, y las recomendaciones de la abuela nunca se ponen en duda. Según me han informado, aunque se le conoce principalmente por sus caracolas y palmeritas, los cachitos no se quedan atrás.

Panadería Los Laureles:

Famosa panadería para los habitantes del oeste de la ciudad, más concretamente la gente de El Paraíso, que es donde se ubica. Fue fundada en 1950 por un laborioso portugués llamado Francisco Fernándes (y no podría ser de otra manera), bajo encargo de un tal barón Gustav Van der Elst quien se radicó en la zona tras la II Guerra Mundial. Es bien sabido que por esa panadería han pasado la mayoría de los estudiantes de la UCAB. Actualmente lleva el título de ser la panadería con los mejores cachitos de El Paraíso. Si tantas generaciones de estudiantes han acudido a ella, ¿quiénes somos nosotros para ponerlo en duda?

Panadería Río de Oro:

Famosa panadería para la gente de la zona de Prados del Este (incluida yo que la recuerdo desde que tengo uso de razón), lleva encendidos sus fogones desde hace más de 62 años. Dícese que la receta de sus cachitos es secreta.

Parada obligada para el turista...

¿Cuál es nuestra fijación con la panadería criolla? Podría decirse que la panadería es al venezolano lo que el bar es al español, por ello no dudaría en ningún momento el incluir una de las tantas maravillosas y únicas panaderías caraqueñas en un recorrido turístico. Al fin y al cabo, la panadería es un elemento intrínseco del venezolano.


No olvidemos que en una panadería no sólo hay café y panes de todo tipo, sino que, a lo largo de las décadas, los panaderos han construído en Venezuela un mundo alterno de sabor, con pasteles, pizzas, golfeados, charcutería, jugos (zumos) naturales, pan de jamón, y los reyes del día: los fabulosos cachitos.

Te miro y te miro y al fin bendigo, bendigo la suerte de ser tu amor. ^_^

P.D. La ironía de esta historia es que yo no como jamón, pero esa sólo soy yo. Como decimos en mi tierra: "Tu te lo pierdes".

martes, 8 de marzo de 2011

Ganarse el cielo otra vez...

El pintor de El Ávila...

Desde Barcelona dedico un par de líneas a quien, con cuyos trazos, embelesó eternamente mi recuerdo de nuestro adorado cerro El Ávila. Pues sí, nuestro Manuel Cabré nació en Barcelona, Cataluña y no en Barcelona, Venezuela, allá por los años 1890. Era hijo del escultor catalán Ángel Cabré i Magriñá que migró a Venezuela cuando Manuel era un niño pequeño. A los 8 años, ingresó Manuel en la Academia de Bellas Artes de Caracas y, tras una breve estancia en París, regresó a Venezuela a plasmar en lienzo la inigualable belleza de nuestros paisajes. A nuestro hermoso cerro, lo pintó desde todos los ángulos y con todos sus matices, recordándonos por qué es lo primero que queremos ver al despertar y lo último antes de irnos a dormir.

Lo cierto es, que la historia nos dice que Manuel Cabré se enamoró, al igual que la mayoría de los caraqueños y quienes visitan nuestra ciudad, de nuestro cerro El Ávila.


Viajar en tren...

Hubo un tiempo en que los viajes desde y para La Guaira se hacían en tren. El desarrollo llevó al país a la necesidad de tener un medio de transporte rápido y eficiente para trasladar carga y personas del puerto a la ciudad capital.

Los levantamientos de planos y cotas para la línea de ferrocarril desde La Guaira y hacia Caracas comenzaron en 1867, y los ingenieros británicos y estadounidenses se disputaron durante 14 años la ruta y su financiamiento. Finalmente, se le concedió el contrato a un grupo inglés en 1881, el cual registró el nombre "Ferrocarril La Guaira y Caracas" en Londres y comenzó la construcción de una línea ferroviaria de 37 km que ascendía 914 metros. Para julio de 1883, ya recibía viajeros. Muchos de los pasajeros del "FLGyC" llegaban a La Guaira por vapor y eran transferidos al tren para Caracas. Una curiosidad es que el último carro del tren estaba reservado a los huéspedes del Hotel Klindt, en Caracas. El servicio eléctrico en la línea comenzó a operar en abril de 1928, y desde entonces el tiempo de viaje de La Guaira a Caracas quedó reducido de 2 horas a 75 minutos. ¡Chúpate esa mandarina! ^_^

A pesar del buen servicio y la publicidad, el FLGyC vio sus pasajeros y carga pasar a carros, autobuses y camiones durante los años 30 y después de ser comprada por el Estado, dejó de funcionar en los 50. Hoy, a más de 50 años de su cese de operaciones, la vía del FLGyC ha quedado sepultada bajo el monte y la tierra y, lamentablemente, es casi imposible de rastrear.


Los hoteles...

El Gran Klindt

Los caraqueños de la década de los 30 no pueden olvidar el edificio de estilo europeo del siglo XIX levantado en la calle de Torre a Principal: el Hotel Klindt, en cuyo piso superior solían alojarse artistas famosos, toreros y gente adinerada que venía a Caracas en asuntos de negocios. El inmueble tomó con el tiempo el nombre de “Edificio Washington”, en cuyos bajos se hallaba instalada desde la primera década del siglo la famosa Cervecería Donzella, donde se llenaban "lisas y "medias lisas", y solían reunirse los poetas, escritores y periodistas de la época.


Un dato curioso sobre las "lisas"...

Curiosamente, el origen de este nombre radica en la primera Guerra Mundial. Resulta que, debido a la guerra, empezaron a escasear los grandes tarros que se utilizaban para la cerveza. Como dejaron de llegar a Venezuela desde Alemania, la cervecería Donzella tuvo que poner en uso unos tarros lisos, sin adornos y sin las tapas de los tarros típicos alemanes. Los nuevos tarros eran, simplemente, unos vasos, y quienes preferían el cristal más delgado y liviano de estos nuevos implementos, empezaron a diferenciar la orden al pedir sus actualmente denominadas birras. En criollo quedó entonces bautizado el sifonero vaso cervecero. Y también la "dosis" pequeña como "media lisa", que valía medio real. (¡Qué envidia!) Con el paso del tiempo comenzó a imponerse la jarra, la media jarra y el tercio.




Y volviendo a nuestro cerro...

Uno de los íconos de nuestra ciudad es el magnánimo Hotel Humboldt, ubicado en la cima de nuestro cerro, es un ícono en la arquitectura venezolana y un símbolo de la sultana de El Ávila. El hotel formó parte del plan para unir a Caracas con el Litoral a través de un complejo turístico y recreativo que involucraba al teleférico como medio de transporte. Tiene una altura de 59,50 metros, y 14 pisos donde se distribuyen las 70 habitaciones, que en una época que vive en el recuerdo de los caraqueños mayores de 50, ofrecían una excelente vista de la ciudad. Su construcción fue ordenada por Marcos Pérez Jimenez y fue estrenado en 1956. Siempre recordaré a mis padres y tíos hablar de las maravillosas fiestas de Año Nuevo con la Billo´s que se celebraban en el hotel. (Insisto, ¡qué envidia!)




Sí, chicos, tenemos que ganarnos el cielo otra vez...